Ignacio Ramonet
INFORMARSE CUESTA
EDITORIAL Nº 1 DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, POR SU DIRECTOR IGNACIO RAMONET
La prensa escrita está en crisis. En muchos lugares está experimentando
un considerable descenso de difusión y una grave pérdida de
identidad y de personalidad. ¿Por qué razones y cómo
se ha llegado a esta situación? Independientemente de la influencia,
real, del contexto económico y de la recesión, nos parece que
las causas profundas de esta crisis hay que buscarlas en la mutación
que han experimentado, en los últimos años, algunos conceptos
básicos del periodismo.
En primer lugar, la misma idea de la información. Hasta hace poco informar
era, de alguna manera, proporcionar no sólo la descripción precisa
-y verificada- de un hecho, un acontecimiento, sino también un conjunto
de parámetros contextuales que permitieran al lector comprender su
significado profundo. Era responder a cuestiones básicas: ¿Quién
ha hecho qué?, ¿con qué medios?, ¿dónde?,
¿por qué?, ¿cuáles son las consecuencias?
Todo esto ha cambiado completamente bajo la influencia de la televisión,
que hoy ocupa en la jerarquía de los medios un lugar dominante y está
expandiendo su modelo. El telediario, gracias especialmente a su ideología
del directo y del tiempo real, ha ido imponiendo, poco a poco, un concepto
radicalmente distinto de la información. Informar es, ahora, "enseñar
la historia en marcha" o, en otras palabras, hacer asistir (si es posible
en directo) al acontecimiento. Se trata, en materia de información,
de una revolución copernicana, de la cual aún no se han terminado
de calibrar las consecuencias. Esto supone que la imagen del acontecimiento
(o su descripción) es suficiente para darle todo su significado.
En el límite, sobra hasta el propio periodista, en este cara a cara
telespectador-historia. El objetivo prioritario, para el telespectador, es
su satisfacción, no tanto comprender la importancia de un acontecimiento
como verlo con sus propios ojos. Cuando esto ocurre, es una alegría.
Y así se establece, poco a poco, la engañosa ilusión
de que ver es comprender y que cualquier acontecimiento, por abstracto que
sea, debe imperativamente tener una parte visible, mostrable, televisable.
Esta es la causa de que asistamos a una emblematización reductora,
cada vez más frecuente, de acontecimientos complejos. Por ejemplo,
todo el entramado de los acuerdos Israel-OLP se reduce al apretón de
manos entre Rabin y Arafat
Por otra parte, una concepción como
ésta de la información conduce a una penosa fascinación
por las imágenes "tomadas en directo", de acontecimientos
reales, incluso si se trata de hechos violentos y sangrientos.
Hay otro concepto que también ha cambiado: el de la actualidad. ¿Qué
es hoy la actualidad? ¿Qué acontecimientos hay que destacar
en el mare magnum de hechos que ocurren en todo el mundo? ¿En función
de qué criterios hay que hacer la elección? También aquí
es determinante la influencia de la televisión pues es ella, con el
impacto de sus imágenes, la que impone la elección y obliga,
nolens volens, a la prensa escrita, a seguirla. La televisión construye
la actualidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al
silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes.
Poco a poco se va estableciendo entre la gente que la importancia de los acontecimientos
es proporcional a su riqueza de imágenes. O, por decirlo de otra forma,
que un acontecimiento que se puede enseñar (si es posible, en directo,
y en tiempo real) es más fuerte, más interesante, más
importante, que el que permanece invisible y por tanto, su importancia es
abstracta. En el nuevo orden de los medios las palabras, o los textos, no
valen lo que las imágenes.
También ha cambiado el tiempo de la información. La optimización
de los medios es, ahora, la instantaneidad (el tiempo real), el directo, que
sólo pueden ofrecer la televisión y la radio. Esto hace vieja
a la prensa diaria, forzosamente retrasada en los acontecimientos y, a la
vez, demasiado cerca de los hechos para poder sacar, con suficiente distancia,
todas las enseñanzas de lo que acaba de producirse. La prensa escrita
acepta la imposición de tener que dirigirse no a los ciudadanos sino
a los telespectadores.
Todavía hay un concepto más, un cuarto, que se ha modificado.
Fundamental: el de la veracidad de la información. Hoy, un hecho es
verdadero no porque corresponda a criterios objetivos, rigurosos y verificados
en las fuentes, sino simplemente porque otros medios repiten las mismas afirmaciones
y las «confirman»
Si la televisión (a partir de una
noticia o una imagen de agencia) emite una información y si la prensa
escrita, y la radio, la retoman, es suficiente para acreditarla como verdadera.
De esta forma, como podemos recordar, se construyeron las mentiras de las
«fosas de Timisoara», y todas de la Guerra del Golfo. Los medios
no saben distinguir, estructuralmente, lo verdadero de lo falso. En este embrollo
mediático, nada más en vano que intentar analizar la prensa
escrita aislada de los restantes medios de comunicación. Los medios
(y los periodistas) se repiten, se imitan, se copian, se contestan y se mezclan,
hasta el punto de no constituir más que un único sistema de
información, en cuyo seno es cada vez más arduo distinguir las
especificaciones de tal o cual medio tomados por separado. En fin, información
y comunicación tienden a confundirse. Demasiados periodistas siguen
creyendo que son los únicos que producen información, cuando
toda la sociedad se ha puesto frenéticamente a hacer lo mismo. No existe
prácticamente institución (administrativa, militar, económica,
cultural, social, etc.), que no se haya dotado de un servicio de comunicación
que emite -sobre ella misma y sus actividades- un discurso pletórico
y elogioso. A este respecto, todo el sistema en las democracias catódicas
se ha vuelto astuto e inteligente, capaz de manipular sabiamente los medios
y de resistirse a su curiosidad. Ahora sabemos que la «censura democrática»
existe.
A todas estas deformaciones hay que añadir un malentendido fundamental
Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el sofá
de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional
cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y
espectaculares, pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo. Por
tres razones: la primera, porque el periodismo televisivo, estructurado como
una ficción, no está hecho para informar sino para distraer;
en segundo lugar, porque la sucesión rápida de noticias breves
y fragmentadas (una veintena por cada telediario), produce un doble efecto
negativo de sobre-información y desinformación; y, finalmente,
porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde
con el mito publicitario que con la movilización al que el ciudadano
adquiere el derecho a participar inteligentemente en la vida democrática.
Numerosas cabeceras de la prensa escrita continúan, a pesar de todo,
por mimetismo televisual, por endogamia catódica, adoptando las características
propias del medio audiovisual: la maqueta de la primera página concebida
como una pantalla, la reducción del tamaño de los artículos,
la personalización excesiva de los periodistas, la prioridad al sensacionalismo,
la práctica sistemática del olvido, de la amnesia, en relación
con las informaciones que hayan perdido actualidad, etc. Compiten con el audiovisual
en materia de marketing y desprecian la lucha de las ideas. Fascinados por
la forma olvidan el fondo. Han simplificado su discurso en el momento en que
el mundo, convulsionado por el final de la guerra fría, se ha visto
considerablemente más complejo. Un desfase tal entre este simplismo
de la prensa y la nueva complicación de la política internacional,
desconcierta a muchos ciudadanos que no encuentran en las páginas de
su publicación un análisis diferente, más amplio, más
exigente, que el que les propone el telediario. Esta simplificación
resulta tanto más paradójica, en cuanto que el nivel educativo
continúa elevándose y aumentan los estudiantes superiores. Al
aceptar no ser más que un eco de las imágenes televisadas, muchos
periódicos mueren, pierden su propia especificidad y, como consecuencia,
sus lectores.
En Le Monde Diplomatique creemos que informarse sigue siendo una actividad
productiva, imposible de realizar sin esfuerzo y que exige una verdadera movilización
intelectual
Una actividad tan noble en democracia, como para que el
ciudadano decida dedicarle una parte de su tiempo y su atención. Si
nuestros textos son, en general, más largos que los de otros periódicos
y revistas, es porque resulta indispensable mencionar los puntos fundamentales
de un problema, sus antecedentes históricos, su trama social y cultural,
su importancia económica, para poder apreciar mejor toda su complejidad.
Cada vez más lectores aceptan esta concepción exigente de la
información y son sensibles a nuestras formas, sin duda imperfectas,
pero sobrias, de observar la marcha del mundo. Las notas a pie de artículo,
que enriquecen los textos y permiten, eventualmente, completar y prolongar
la lectura, no parecen molestarles demasiado. Al contrario, muchos ven en
ellas un rasgo de honestidad intelectual y un medio para enriquecer su documentación
acerca de tal o cual informe.
«Son necesarios largos años, escribe Vaclav Havel, antes de que
los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad morales se impongan
y se lleven por delante el cinismo político; pero, al final, siempre
acaban ganando la batalla».
Esta seguirá siendo también nuestra paciente apuesta.