|
EN DEFENSA DE LA DESOBEDIENCIA CIVIL THOREAU, UN PRECURSOR |
Durante el siglo XIX,
Henry Thoreau era considerado por los críticos como una especie de nihilista
a quien la mera idea de deberle obediencia al estado causaba repugnancia
(Thoreau 1980a:491). A finales del XX, la mayor autoridad del gobierno de los
EEUU situaba a Thoreau en la mejor tradición de la ciudadanía
norteamericana, añadiendo que ante la injusticia no podemos olvidar sus
lecciones acerca del poder de la desobediencia civil y su superioridad moral
sobre la violencia (Clinton 1998). Todo un cambio al que tampoco hemos sido
ajenos por aquí, donde revistas de gran tirada describen a Thoreau en términos
entusiastas como "representante de un individualismo indómito y
radical" (Pujol 1997) y "uno de los primeros insumisos fiscales de
la historia" (Iturbe 1999).
Con
la sola excepción de una monografía de Bob Taylor (1996), Thoreau no ha
recibido mucha atención por parte de los teóricos de la política en general
y de la estadounidense en particular. Y, cuando sí la recibe, los teóricos
tienen poca paciencia con él. Nancy Rosenblum (1981:91) declara que la
perspectiva de Thoreau sobre la vida social y política carece de concreción
alguna. Philip Abbott (1987:62) sostiene que en su obra los problemas sociales
y políticos de Norteamérica son preocupaciones secundarias en comparación
con la egótica obsesión del autor por el descubrimiento de sí mismo. Abbott
añade que esa combinación de radicalismo político y narcisismo es un rasgo
común de la cultura norteamericana, algo en lo que está de acuerdo con
Richard Ellis (1993:141), quien retrata a Thoreau como el excéntrico ermitaño
que el cliché nos dice que fue.
Si
estas descripciones son exactas, no es sorprendente que otros muchos
estudiosos hayan concluido que Thoreau no tiene mucho que ofrecer como
pensador político. Tal como presenta Taylor (1996:2) el dilema, o bien
Thoreau tiene poco que decir sobre la vida pública o bien lo que dice es tan
erróneo que, en el mejor de los casos, cuenta sólo como ilustración de
cierta enfermedad de la política norteamericana. Con todo, la reputación de
Thoreau en la cultura popular y los movimientos sociales no parece tener
relación alguna con el juicio académico acerca del valor de su pensamiento
político. Que los activistas sí creen que Thoreau tiene algo que decir es
evidente si observamos la presencia de este autor como icono contestario en la
vida política norteamericana. El siguiente testimonio de Martin Luther King
no es el único en esa línea, pero sí de los más conocidos:
Leí
el ensayo de Thoreau sobre la desobediencia civil por primera vez durante mis
primeros años en la facultad. Fascinado por la idea de rehusar cooperar con
un sistema injusto, me commovió tan profundamente que releí la obra muchas
veces. Quedé convencido de que la no cooperación con el mal es una obligación
moral en la misma medida que lo es la cooperación con el bien. Nadie ha
logrado transmitir esta idea de forma más apasionada y elocuente que Henry
David Thoreau. Como resultado de sus escritos y de su testimonio personal
somos los herederos de un legado de protesta creativa. (King, en Hicks ed.
1967:13)
El ensayo al que King se refiere, conocido como Resistance to Civil
Government (resistencia al gobierno civil) o Civil Disobedience (desobediencia
civil), ha provocado toda
clase de reacciones. Para los miembros de la resistencia danesa durante la
segunda guerra mundial, el ensayo les permitió examinar críticamente la
estrategia de pasividad total ordenada por su gobierno. Otros juzgan que, dado
que Thoreau estaba tan cerrado a la concepción de la política como un
proceso interminable de ajuste y negociación, el ensayo es un documento
radicalmente antidemocrático y la acción basada en principios, ya sea en
forma de resistencia pasiva o de actos de violencia, se reduce a poco más que
la vieja doctrina de que el fin justifica los medios. Para uno el principal
propósito de Thoreau es persuadir a su audiencia para que se aparten de un
insidioso relativismo y recuperen un criterio superior de verdad absoluta; por
el contrario, hay quien encuentra en Thoreau un desprecio por la política en
sí misma al no reconocer la autoridad de ninguna norma externa (Thoreau
1967b:35,76,91).
Más
recientemente, se ha sostenido que aunque Thoreau no rechaza toda autoridad
política (Stoehr 1979:53-4), no plantea de forma coherente la pertinencia y límites
de la desobediencia civil (Van den Haag 1972:9). Finalmente, otros señalan al
hecho de que Thoreau no se adhiriese a niguna posición política definida
como causa de que haya podido ser reutilizado una y otra vez como un símbolo
de la protesta por razones de conciencia (Simon 1984:362). Según Raymond
Polin (1987:196), la desobediencia civil es herencia de valientes
"anarquistas utópicos" y "poetas encantadores" como
Thoreau, pero se ha convertido en una teoría de intelectuales irresponsables;
Polin termina por sugerir que la desobediencia civil es resultado de la
ausencia de virtudes cívicas.
Este cargo de irresponsabilidad (o deslealtad) es uno de los más
habituales en las discusiones sobre la posibilidad de una teoría de la
desobediencia civil. Al parecer, la justificación de este fenómeno pasa a
menudo por un juicio moral del carácter de los desobedientes civiles. Pero un
juicio no es una teoría, sino el resultado de aplicar la teoría a un caso práctico.
Por eso, y pese a lo frustante que pueda parecernos, la justificación de un
fenómeno tan complejo como éste nunca puede resolverse con un Sí o un No
general. Es necesario atender a cada caso por separado, y al mismo tiempo
entender cada uno dentro del contexto de praxis de la desobediencia civil. En
las páginas siguientes trataré de explorar ese camino de la teoría a la
praxis de la desobediencia civil mediante un examen de su primer episodio histórico,
el protagonizado por Thoreau. Un episodio en el que éste toma posición ética
de una forma quizá ambigua pero muy coherente, en la línea de lo que ya había
escrito en su diario, a los veintidós años de edad, un 23 de junio de 1840:
Nosotros
los yanquis no andamos tan lejos de lo justo cuando respondemos a una pregunta
con otra pregunta. Sí y No son mentiras. Una respuesta verdadera no tratará
de establecer nada para siempre, sino más bien de sacar las cosas a la
superficie. Todas las respuestas pertenecen al futuro; los días responden a
los días. ¿O es que creemos que los podemos anticipar? En latín,
"responder" es comprometerse ante los dioses a actuar en toda
circunstancia con nobleza y fidelidad, como le corresponde a un hombre; eso es
bueno.
Hacienda
somos todos
De
acuerdo con los biográfos más fiables (Harding 1992:199; Borst 1992:119),
Thoreau fue detenido y encerrado en la prisión de Concord, Massachusetts, en
la tarde del 23 o el 24 de julio de 1846. Aunque el propio Thoreau relata los
hechos en el texto de Resistance to Civil Government, escrito casi tres años
después, existe otra versión del incidente que llegó hasta Walden, su obra
maestra publicada en 1854:
Una
tarde a finales del primer verano [de su estancia en Walden], cuando fui al
pueblo para recoger un zapato que había dejado para remendar, fui prendido y
encarcelado porque, como he relatado en otro lugar, no había pagado un
impuesto ni reconocido la autoridad de un estado que compra y vende hombres,
mujeres y niños a la puerta del Senado como si de ganado se tratara. Yo había
ido a los bosques con otros propósitos. Pero dondequiera que uno vaya los
hombres le perseguirán y manosearán con sus sucias instituciones y, si
pueden, harán por inscribirle a la fuerza en su desesperada sociedad de
"tipos raros".
Cierto, yo podría haberme resistido a la fuerza con mejor o peor
resultado, podría haber desatado mi furia contra la sociedad, pero prefería
que fuera ésta, desesperada, la que me lo infligiera a mí. Con todo, me
soltaron al día siguiente, recuperé mi zapato ya reparado, y regresé a los
bosques a tiempo de hacerme con mi provisión de arándanos en la colina de
Fair Haven. (Thoreau 1854b:171)
El impuesto al que Thoreau se refiere aquí es el poll
tax o impuesto de capitación, una fuente habitual de ingresos para el
estado de Massachusetts desde la época colonial. Se aplicaba a todas las
personas y sólo podía evitarse viviendo como pionero más allá de la esfera
de influencia del gobierno; la relativa autosuficiencia de Thoreau, que por
aquel entonces vivía solo en una casita que se había construido a orillas
del lago Walden, no era excusa suficiente. No obstante, se conservan
fragmentos del registro fiscal de Concord que indican que el impago de este
impuesto era frecuente, especialmente entre los más pobres; aquellos que se
negaban a pagarlo perdían el derecho al voto pero raramente eran perseguidos
por la ley. De hecho--de acuerdo con Watner (1994), quien a su vez se basa en
un artículo de Harding publicado en 1975--, el arresto y encarcelamiento de
Thoreau fueron ambos ilegales, ya que según la legislación de Massachusetts
el recaudador debería haberse limitado a incautar parte de los bienes de
Thoreau para pagar la cantidad debida.
Según John C. Broderick (1956), el impuesto se recaudaba de modo
privado: el cargo de recolector de impuestos salía a subasta pública y se lo
adjudicaba aquel cuya comisión fuese menor. Así, en 1842 fue elegido un
conocido de Thoreau llamado Sam Staples por una comisión de un centavo por dólar
recaudado, quien continuó desempeñando esta función hasta 1846. Como era él--lo
recaudase o no--el encargado de pagar la totalidad del impuesto, es lógico
suponer que en ese año de 1846 Staples se afanase en hacer cuadrar las
cuentas. Broderick sostiene que Thoreau dejó de pagar su impuesto en 1842;
poco después (el 17 de enero de 1843) Bronson Alcott, amigo de Thoreau y
compañero suyo en la tribu de los trascendentalistas, fue arrestado por el
impago de ese mismo impuesto.
Los
trascendentalistas
Se
ha dicho que los trascendentalistas fueron de los primeros que se enfrentaron
al mundo tal como lo conocemos hoy (Stoehr 1979:155). Ciertamente, en la
primera mitad del siglo XIX los EEUU se estaban convirtiendo en lo que es hoy
todo nuestro mundo desarrollado. La sociedad norteamericana estaba siendo
transformada por la revolución industrial, por el abaratamiento de los
transportes y por los movimientos migratorios, educativos y humanitarios;
factores todos que, por contra, no afectaron mucho a los estados esclavistas
contigüos y nada en absoluto al Sur profundo.
En mayo de 1848 los estados de la Unión estaban divididos en un
precario equilibrio entre quince estados libres en los que la esclavitud
estaba prohibida, y otros quince estados esclavistas. Como bien vió Alexis de
Tocqueville, el mayor problema de los EEUU estaba en la relación entre
blancos y negros, que no se habían fundido en un proceso de mestizaje como en
América latina. De hecho, la cuestión de la esclavitud amenazaba con
fracturar el país y, como resultado, en 1850 se habían desarrollado dos
civilizaciones distintas--el Norte y el Sur--tan diferentes en sus economías
y modos de vida como por ejemplo Canadá y Sudáfrica en nuestos días.
En ese momento surgió un movimiento social conocido como
"trascendentalismo": un grupo de pensadores y artistas que,
liderados por Ralph Waldo Emerson, defendían la libertad de conciencia basándose
en cierto romanticismo e idealismo postkantianos. Su imperativo era
experimentar la realidad de primera mano, rechazando lo que nos viene dado y
afirmando la individualidad y la originalidad. Para ellos, la salvación
individual y la reforma social eran ambos asuntos personales que sólo pueden
ser auxiliados por la cercanía a la naturaleza y la obediencia a la propia
conciencia.
Los trascendentalistas tenían un problema. Vieron cómo los EEUU crecían
y cambiaban rápidamente y no estaban seguros de que tanto cambio fuese a
mejor. Contemplaron la rápida desaparición de los indios; las pésimas
condiciones laborales de los irlandeses; la expansión de la esclavitud; la
guerra con México; la tala masiva de árboles, convertidos en casas, postes
de telégrafo y traviesas para el ferrocarril. Asistieron a una globalización
a pequeña escala de la economía y las comunicaciones que permitía unir
Maine con Texas--aunque, como escribe Thoreau en Walden (1854b:52), puede que
Maine y Texas no tuvieran nada que decirse--pero también a la ampliación de
una brecha entre Norte y Sur que paralizaba el sistema político y amenazaba
con dividir el país. Pensaron que todos esos cambios procedían de un punto
de vista equivocado, que identificaron con las tradiciones que se enseñaban
en Harvard. Emerson sostenía que los hombres buenos no se distinguen
precisamente por su pronta obediencia de las leyes (1844b:563). La tribu de
los trascendentalistas decidió rebelarse contra la tradición.
El
abuelo de Mujercitas va a la cárcel
Aunque
consideraba que no hay "compañía mejor compañera que la soledad"
(1854b:135), Thoreau entabló duraderas amistades en el círculo
trascendentalista que se reunía alrededor de la casa de Emerson en Concord.
Uno de ellos era Amos Bronson Alcott, padre de Louisa May--la futura autora de
Mujercitas--y uno de los fundadores de Fruitlands, un experimento comunitario
de corta vida. En 1843 Alcott y su socio Charles Lane se habían negado a
pagar el poll tax alegando motivos ideológicos: ambos eran anarquistas y
abolicionistas. También ambos fueron arrestados, pero--al igual que ocurriría
después con su buen amigo Henry--se les dejó rápidamente en libertad cuando
otra persona pagó el impuesto por ellos.
Al conocer el suceso, Thoreau lo comentó en una carta a Emerson
(24/1/43): "Supongo que te habrán contado lo cerca que estuvo Alcott de
ir a la cárcel; puedo añadirte una buena anécdota al respecto. Cuando
Staples vino a cobrar el impuesto de Mrs. Ward, mi hermana Helen le preguntó
qué pensaba él de la intención de Mr. Alcott, cuál podía ser su idea; y
Sam respondió: --yo diría que no son más que esos principios suyos, pues
nunca escuché hablar a un hombre más honestamente." (Thoreau 1958:77)
Cinco años después, y a petición de sus vecinos, Thoreau tuvo que
relatar los motivos de su acción en dos conferencias, la primera de las
cuales tuvo lugar en Concord el 26 de enero de 1848. Esto lo sabemos gracias a
un testimonio en el diario de Alcott, quien además nos informa del contenido
de las conferencias en la entrada correspondiente a ese día:
Atendí la conferencia de Thoreau ante el Liceo sobre la relación del individuo con el estado; una admirable exposición del derecho individual al autogobierno y una atenta audiencia. Sus alusiones a la guerra con México, a la expulsión de Carolina del Sr. Hoar, a su propio encarcelamiento en Concord por la negativa a pagar su impuesto, al pago del mío por parte del Sr. Hoar cuando me llevaron a prisión por una negativa similar, fueron todas pertinentes, bien enfocadas y razonadas. Este gesto de Thoreau me fue muy grato. (Alcott 1848a)
La esclavitud, la
constitución y la soberanía
La mención a Hoar es ilustrativa del ambiente social de la época.
Samuel Hoar era un prohombre de Concord que fue enviado por el gobernador del
estado de Massachusetts a Charleston, el más importante puerto del sur
esclavista, para protestar por el tratamiento allí dispensado a los marineros
negros de los barcos procedentes de Massachusetts. Hoar, que pretendía
investigar la constitucionalidad de que, por ejemplo, los marineros negros
fueran encarcelados hasta que el barco se hiciera de nuevo a la mar, fue
expulsado de Charleston y obligado a abandonar primero Carolina del Sur por
orden de su legislatura y luego, mediante amenazas, toda la investigación
(cf. Thoreau 1992a:235n; 1985b:59n).
Poco después de la primera conferencia, el 13 de febrero, Alcott
registra una conversación con Thoreau en casa de Emerson; según su diario,
la conversación giró en torno a temas de estado. Alcott añade que Thoreau
se encontraba en esas fechas preparando una conferencia sobre ese tema para el
Liceo, y que entre otros temas tenía cosas que decir sobre el caso de Rhode
Island. Este es otro caso que ilustra a la perfección la clase de problemas
políticos que Thoreau tenía en mente al escribir su ensayo.
El llamado caso de Rhode Island (Luther vs. Borden) saltó a la luz
cuando se inició una revuelta en ese pequeño estado de Nueva Inglaterra a
propósito de la revisión de su constitución. La ley fundamental del estado
se remontaba a la carta colonial de 1663. Dado su anacronismo, se intentó
reformar la carta mediante el procedimiento instituido, pero los reformadores
no tuvieron éxito. De ahí que, dirigidos por Thomas Dorr, un abogado de
clase alta, convocaran una asamblea constituyente en 1841 con el objeto de
redactar una nueva constitución. El gobierno instituido hizo otro tanto. En
el subsiguiente referendum salió elegida la versión de Dorr, pero su partido
no pudo tomar el poder. Hacia finales de 1842, los votantes aprobaron otra
constitución tan liberal como la de Dorr, con lo que la crispación se redujo
considerablemente, pero un seguidor de Dorr, Martin Luther, denunció a un tal
Luther M. Borden y a otros milicianos estatales por allanamiento de morada
cuando éstos actuaban bajo la ley marcial impuesta por el gobierno
establecido. Esta acción judicial planteaba la cuestión de cuál de los dos
documentos, la vieja carta o la constitución de Dorr, era más legítimo
(Baxter 1984:445).
El caso alcanzó el tribunal supremo en enero de 1848, un mes antes de
la conversación de Thoreau con Alcott. Daniel Webster abogó en defensa de
Borden y del gobierno establecido. Benjamin F. Hallett, el letrado defensor de
Luther y el gobierno Dorrita, sostuvo que el pueblo de Rhode Island, de la
misma manera que los colonos en la revolución americana, se había reunido en
asamblea y actuado con capacidad soberana para adoptar una constitución más
democrática; por consiguiente, el gobierno establecido había sido superado
por un nuevo marco y carecía de autoridad para declarar la ley marcial
(Remini 1997:640). En respuesta a este argumento, Webster no negó que la
soberanía popular fuese el fundamento del sistema constitucional. Pero
sostuvo que, aunque el pueblo es el origen de todos los poderes, el pueblo ha
delegado su autoridad a los representantes legislativos para establecer los
necesarios procedimientos para votar en las elecciones y para modificar la ley
fundamental. Para evitar los constantes peligros de la precipitación y la
manipulación de las emociones, el pueblo había elegido limitarse a sí mismo
(Baxter 1984:446).
Webster dió prioridad al imperio de la ley frente a la premisa de su oponente, que defendía la soberanía popular; desde otro punto de vista, defendió la democracia representativa a una democracia más directa, sosteniendo que los colonos del tiempo de la revolución habían establecido un gobierno representativo que protegía la libertad y la propiedad, incluyendo un proceso concreto para reformar el gobierno. Ciertamente, el poder legítimo reside en el pueblo, pero el pueblo no lo ejerce, como masa o como individuos aislados. Lo ejerce mediante sus representantes electos. Por lo tanto, Webster concluyó que la constitución dorrita no tenía legitimidad legal ni política (Remini 1997:641). Finalmente, el supremo decidió a favor de Webster, fallando que el caso suponía un asunto político y no judicial.
El ensayo y las
conferencias
El 23 de febrero, Thoreau escribe a Emerson y le informa que la semana
anterior había pronunciado una conferencia ante el Liceo, esta vez sobre los
derechos y deberes del individuo en relación al gobierno (Thoreau 1958:208).
Dado que el Liceo de Concord se reunía casi siempre en la noche de los miércoles,
los filólogos deducen que esta segunda conferencia se pronunció el 16 de
febrero de 1848. Los pocos datos de los que disponemos sugieren que las dos
conferencias debían diferir muy poco entre sí (Dean & Hoag 1995:154-5).
Pero, si no existen manuscritos ni transcripciones de estas
conferencias, ¿qué podemos decir entonces de su contenido? Al menos podemos
aventurar algunas deducciones. La referencia del 26 de enero en el diario de
Alcott indica que Thoreau incluyó en su primera conferencia al menos dos
asuntos que desaparecieron del texto durante las tres semanas que pasaron
entre la primera y la segunda conferencia, pronunciada el 16 de febrero. Dada
la probable longitud del texto (unas cincuenta y cinco páginas manuscritas),
el breve lapso de tiempo del que Thoreau dispuso para su composición y la
relativa escasez de hojas de borrador, los filólogos deducen que partes
substanciales de esta conferencia permanecieron en el manuscrito de Thoreau y
fueron finalmente publicadas en 1849 bajo el título de Resistance to Civil
Government.
Además, en esa época Thoreau estaba muy ocupado corrigiendo pruebas
de su primer libro, A Week in the
Concord and Merrimack Rivers, que también sería publicado en ese año,
así que todo induce a pensar que Thoreau hizo pocos cambios al texto de la
conferencia antes de enviarlo a Elizabeth Peabody, quien había oído hablar
de la conferencia (Wendell Glick sugiere que a través de su hermana, Sophia
Hawthorne) y la solicitó a Thoreau en la primavera de 1849 para la publicación
periódica que planeaba editar. Thoreau accedió a enviar su texto en carta
del 5 de abril, aunque quejándose de la falta de tiempo (Thoreau 1958:242).
Finalmente, Resistance to Civil Government apareció impreso en el primer--y
último--número de Æsthetic Papers,
publicado el 14 de mayo de 1849 (cf. Thoreau 1973:314).
Más conocido como Civil
Disobedience--título que tomó en la compilación póstuma A
Yankee in Canada, with anti-slavery and reform papers (Thoreau 1866)—-,
éste panfleto es sin lugar a dudas el texto breve más célebre de Thoreau y
uno de los más leídos en Norteamérica. Quizá la clave de su éxito, además
de la capacidad literaria de Thoreau, resida en la amalgama de opiniones filosóficas
que presenta.
Para
empezar, Thoreau adopta el lema de una revista de su tiempo—-el mejor
gobierno es el que menos gobierna—-y lo lleva a sus últimas consecuencias:
el mejor de todos es el que no gobierna en absoluto. Thoreau advierte que
todos los gobiernos son a veces un inconveniente y, en el caso concreto que le
ocupa--la esclavitud y la guerra emprendida contra México para ampliar su
cobertura--la política del gobierno de los EEUU está siendo de lo más
inconveniente. Pero ello no le impide a Thoreau advertir la necesidad práctica
del gobierno, aunque sólo sea para domesticar la tiranía de la mayoría.
El principio ético fundamental de Thoreau es hacer en cada
cirscunstancia lo correcto, algo que posee prioridad sobre la autoridad del
derecho y que es descubierto por la conciencia de cada uno. Thoreau encuentra
poca virtud en los movimientos de masas, y menos aún cuanto más medios
posean. La mayoría, que no está precisamente formada por personas que confían
en sí mismas, no puede, empero, forzar a los individuos fuertes, esos que
sirven al estado con sus conciencias y por consiguiente le oponen resistencia,
son tratados como enemigos por él y encerrados en prisión, el auténtico
hogar del justo en las presentes circunstancias. La posibilidad de que el
estado se apropie de los bienes de sus enemigos implica la necesidad de ocupar
terrenos para la vivienda y de simplificar al máximo nuestras vidas, si es
que queremos romper la ley, declararle la guerra al estado y hacer las cosas
bien y para siempre.
Thoreau nos recuerda que la acción basada en principios divide a los
individuos, a los grupos y hasta a los estados, poniéndolos al borde de una
revolución apacible, ya que los obliga a elegir entre cometer violencia o
mantener a todos los hombres justos en prisión. Distingue Thoreau entre una
necesaria fricción en la maquinaria social, que hay que dejar pasar, y una
fricción innecesaria o tiránica, que cuando se convierte en intolerable, nos
conduce a retirar nuestra lealtad al estado y rechazar su derecho a nuestra
vida y propiedad. Esto supone aceptar la pena asociada a la desobediencia, lo
cual puede ser duro, pero actuar de otro modo nos traería aún mayores costes
personales. Ser un buen vecino, en suma, supone no arrodillarse ni aquiescer
ante el mal que uno condena.
Mientras
no haya una conciencia colectiva, esto es, una agregación de individuos
conscientes que deliberan y eligen en función del bien común, la democracia
no será más que un juego. El individuo consciente no sólo vota, sino que
participa en la cosa pública con toda la influencia que es capaz de suscitar;
en ese sentido, la persona justa constituye siempre una minoría económica
que ciertamente no tiene mucho poder mientras se conforma con el juego de
mayorías, pero que es imparable cuando se planta frente a las leyes injustas
(que ciertamente existen) y paraliza la maquinaria política.
Thoreau admite que el gobierno ofrece ciertos servicios necesarios,
como la protección o la ejecución de la voluntad popular, pero eso no le
impide ver la continua malversación de esos servicios. Las leyes carecen de
virtud educativa. El derecho nunca hizo a los hombres un punto más justos;
tiene sus ventajas desde un punto de vista práctico, pero su procedimiento es
demasiado lento y sus profesionales sufren de considerables limitaciones.
Hasta Webster--el mejor hombre de leyes de su tiempo--no es sino un servidor
de la constitución, demasiado inserto en las instituciones como para ser buen
legislador. Thoreau contrapone a todo esto una concepción del buen gobierno
como expresión del carácter popular y pone de manifiesto la necesidad de la
experiencia y las quejas del pueblo, que es en realidad quien consigue todos
los logros que el gobierno luego se atribuye.
Finalmente, Thoreau niega que el carácter tradicional del gobierno lo haga mejor; la voluntad individual siempre puede doblegar a la tradición en busqueda de un estado más perfecto y glorioso. En ese estado que Thoreau ambiciona, la autoridad justa se basa en el consentimiento de los gobernados; el progreso político se mide en el respeto por los individuos; y se funda su autoridad política y su pretensión de universalidad en el reconocimiento e implantación de los derechos humanos, universalidad que sólo es matizada por el ejercicio de la tolerancia hacia aquellos individuos que, cumpliendo con sus obligaciones como vecinos, quieran mantenerse al margen del estado.
La
vida después de Walden
En
la segunda y tercera versiones de Walden, escritas en 1849 (Clapper 1967:45),
se nos dice que cada escritor necesita presentar un relato sencillo y sincero
de su propia vida, tal y como lo enviaría a sus familiares desde una tierra
lejana (porque--aclara Thoreau--si alguien ha vivido sinceramente debe haber
sido lejos de aquí). Así como en Walden Thoreau había sentido que vivía en
una tierra lejana, así su paso por prisión "fue
como viajar a un país lejano, tal como jamás había esperado observar"
(§31). Tras ese viaje nocturno al fondo de las instituciones, como un nuevo
Jonás, Thoreau saldría de la prisión-Leviatán para iniciar a plena luz su
labor como profeta.
Por cierto, Harding (1992:203) relata un incidente nocturno que Thoreau
no incluye en su relato de los hechos. Cuando su compañero de celda se fue a
dormir, Thoreau estaba todavía bien despierto y permaneció junto a la
ventana durante un tiempo, mirando a través de la reja y escuchando la
actividad de la posada adyacente. Algo más tarde, un prisionero de una celda
contigua comenzó a quejarse en voz alta, repitiendo una y otra vez la misma
cantinela: ¿Qué es la vida? ¡Así es
la vida! Esto continuó hasta que Thoreau pasó la cabeza por las rejas y
gritó a su vez: ¡¿Bien, qué es
la vida, pues?!
El
de la letanía no supo responder, pero algo de la pregunta queda flotando en
el ensayo sobre la desobediencia civil. Las imágenes de muerte, guerra y
esclavitud presentes en su primera parte dejan paso a un descubrimiento del
valor de la vida humana con toda su fragilidad. De ahí su confesión en
Walden: Thoreau fue a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente; para
no descubrir, cuando le llegase la muerte, que no había vivido. Y de ahí
también las durísimas palabras posteriores a favor de John Brown: sólo de
los que como él mueren por la libertad puede decirse que han muerto de veras,
pues han vivido. En la medida en que no nos tomamos nuestra mortalidad en
serio, en la medida en que por miedo a la libertad renunciamos a vivir
plenamente, podría decirse que los demás ya estamos moralmente muertos.
Por eso la noche de Thoreau en prisión no es un acontecimiento
trivial; para él, era una cuestión de principios, una cuestión de vida o
muerte que plantear a sus vecinos. Por eso cuando Staples fue a liberarle
comprobó asombrado que Thoreau, endiabladamente enfurecido, se resistía a
abandonar la prisión (Harding 1992:204). Una persona desconocida había
pagado el impuesto (posiblemente una de sus tías) contra la voluntad del
propio Thoreau, que más tarde escribió que tales personas "no han
considerado prudentemente hasta qué punto dejan que sus sentimientos privados
interfieran con el bien público."
(§37)
Cuando Thoreau escribe sobre la experiencia de ser liberado contra su
voluntad, parece rememorar su experiencia al regresar a la vida civilizada
tras su estancia en el lago. Salió de la prisión porque "alguien
se entrometió y pagó ese impuesto" (§33); de manera similar, se
despidió de Walden porque Emerson se entrometió en su vida con su decisión
de irse a Inglaterra. La invitación de su esposa Lidian para que Thoreau
conviviera con la familia pudo entonces haberle parecido una buena excusa para
abandonar la casa del lago Walden. Después de todo, "tenía muchas otras
vidas que vivir" (1854b:), pero meses después puede que Thoreau hubiera
cambiado de opinión.
En cierto sentido, Thoreau había cambiado tanto en Walden que quizá
esperase que Concord, o su relación con el pueblo, hubiera cambiado también.
Pero, al igual que después de ser liberado de prisión, al regresar no
percibió "que hubiesen tenido lugar grandes cambios en la
comunidad". Sin embargo, su propio cambio de perspectiva le llevó a
percibir un cambio "un cambio en la escena--el municipio, el estado y el
país--mayor que cualquiera que el mero tiempo pudiera efectuar". Comprobó
que sus vecinos eran bastante más corruptos de lo que previamente había
sospechado. La expresión más clara de ese cambio está en su examen de
"hasta qué punto eran buenos vecinos y amigos de fiar las personas con
las que vivía" y la consiguiente comprobación de que "su amistad
era sólo para los buenos tiempos" (§33).
Es muy posible que Thoreau incluyera a Emerson, su antiguo mentor,
entre esos falsos amigos. De acuerdo con el diario de Alcott, tras el arresto
Emerson comentó que la acción de Thoreau era "mezquina, escapista y de
mal gusto". Aunque en su diario Emerson recomienda "no rebelarse
contra el mundo" porque "es cosa de fanáticos emprender una
revolución por un quítame de allá esas pajas", también sostiene que
"los abolicionistas deberían resistir y presentarse a multitudes en las
cárceles en virtud de sus bien conocidos desacuerdos con el estado". Su
imagen del estado es la de un amistoso y bienintencionado animal al cual no
debemos negarle el sustento: "un hombre con sus dos pies plantados sobre
el suelo no iniciará una pelea con una pobre vaca". Emerson no
desaprueba los fines de Thoreau--aunque a veces los considere carentes de
ambición--, sino sus medios: "negarse a pagar el impuesto del estado no
alcanza a la injusticia tan de cerca como otros métodos a tu disposición. El
impuesto estatal no financia la guerra con México. Pero sí lo hace tu
abrigo, tus libros latinos, alemanes y franceses, tu reloj... La cárcel es un
paso hacia el suicidio." (Lebeaux 1993:10-11)
En 1849 Thoreau ofrece una réplica a Emerson. Al
final del ensayo Thoreau considera la objeción de que desobedecer civilmente
implica pasar por la carcel y "dar a tus vecinos ese mal trago de
tratarte como no se sienten inclinados a hacerlo". Pero considera que la
conveniencia y el quedar bien con unos no es razón para permitir "que
otros sufran males mucho mayores y de diferente clase" (§39). Thoreau
considera que la desobediencia es una apelación efectiva a la hora de reparar
esos males: si uno es capaz de imaginar su relación no sólo con sus vecinos
y compatriotas, sino también con "otros tantos muchos millones de
hombres" verá también que "es posible la apelación", y ello
de dos formas: primera, la antigua apelación al cielo al estilo de Locke;
segunda, la apelación puramente humana de los hombres a los hombres: la
apelación propiamente política, dirigida a todos los miembros de la
comunidad.
Es a este segundo tipo de apelación al que Thoreau recurre cuando
expresa su confianza en que "si la alternativa es mantener en prisión a
todos los hombres justos o acabar con la guerra y la esclavitud, el estado no
dudará qué escoger" (§22). La desobediencia civil se concibe así como
una apelación a los hombres (pues el estado, como bien sabe Thoreau, no son más
que hombres que mandan a hombres que obedecen) por parte de los hombres.
Thoreau es consciente de que su pelea es con personas de carne y hueso, no con
papeles (§21). En definitiva, el argumento de la apelación revela la
permanente preocupación de Thoreau por la posibilidad de resistencia, por la
reforma o cambio social, y por los medios retóricos y comunicativos a su
disposición para cambiar las creencias al respecto de una audiencia cada vez
más global.
Dinámica
de la desobediencia civil
Tras
constatar su diferencia con sus vecinos y amigos, el nuevo Henry regresa a la
Naturaleza, poniéndose a la cabeza de un grupo de muchachos que le esperaban
para conducirlos a "una de nuestras colinas más altas" (§34),
completando así la ascensión simbólica desde la cárcel que Wood
(1981:179-80) propone como una lectura alternativa de todo el ensayo. El
episodio central que, elevando a Thoreau desde la cárcel de Concord a la
colina de Fair-Haven, de la noche al día, de lo urbano a lo natural, del
confinamiento a la libertad, constituye un relato real que transciende las
categorías políticas clásicas en una fórmula narrativa que es casi una
alegoría de la subida hasta el monte de la liberación personal, tema este
que constituye el auténtico leitmotiv de toda la obra de Thoreau.
Cobran así nueva luz algunas de las imágenes que aparecen en este
texto. Por ejemplo, Thoreau hace notar que sus alusiones a Webster al final
del ensayo fueron incluidas después de haber sido pronunciada la conferencia.
Esto muestra que Thoreau, días después de la conversación con Alcott que
hemos mencionado anteriormente, todavía seguía dandole vueltas al caso de
Rhode Island y a los argumentos que Webster expuso allí. Aunque el diario de
Alcott (1848b) es dificil de descifrar--su letra es aún más ilegible que la
de Thoreau--, parece que tanto el uno como el otro estaban de acuerdo en que
Webster había apoyado al estado en exceso.
Tras su conversación con Thoreau, Alcott escribió que sólo un poder exterior al gobierno puede reformarlo. Esto concuerda con las ideas expresadas por Thoreau en el ensayo, donde retrata a Webster como un político tan comprometido con las instituciones que no puede ver más allá de ellas y, consecuentemente, es incapaz de provocar reforma alguna. Esto es particularmente escandaloso para Thoreau cuando se aplica a la esclavitud, un asunto que para Webster no supone más que un problema de interpretación constitucional. Thoreau indica claramente que Webster es incapaz de ver la dimensión moral del problema, precisamente ese aspecto que explica cómo el derecho puede irse reformando. Aludiendo implícitamente a la clásica imagen de la palanca de Arquímedes, Thoreau (§42) afirma que Webster carece de puntos de apoyo para mover las cosas; el punto de apoyo tiene que estar fuera del sistema, y Webster es el hombre del sistema por excelencia.
Retórica de la
desobediencia civil
Si
el ensayo opera como justificación ético-política (esto es, como
intercambio persuasivo de razones entre los conciudadanos), cabe preguntarse
cuál es la justificación de la desobediencia realmente ofrecida por Thoreau.
En otras palabras, preguntarse cual es el propósito al que sirve una
desobediencia semejante.
De
acuerdo con Thoreau, su desobediencia cumple al menos tres funciones: expresar
disenso, apelar a sus conciudadanos y educarlos cívicamente. La primera función
de la desobediencia es forzar al estado a reconocer que existe oposición y,
al menos simbólicamente, retirarle el apoyo. Thoreau reconoce--con esa santa
indignación que surge del bolsillo--que su asociación con el gobierno
perdura a través del mecanismo fiscal; es más, que esa asociación le
convierte en complice de la injusticia; por lo tanto, como no ha podido
disolver por completo su unión con el estado, no tiene más remedio que
servirle, pero elige servirle con su conciencia y por consiguiente resistirse
a él. Esto no es una llamada a la revolución, pues Thoreau sabe que la
revolución es asunto de toda la ciudadania y que sus convecinos no creen que
la situación lo requiera.
La
segunda función consiste precisamente en apelar
al sentido de justicia de sus vecinos, ya que el estado no ha
proporcionado mecanismos rápidos para la corrección de la injusticia.
Stanley Cavell (1981:85) comenta a este respecto que una tranquila noche en la
cárcel de Concord no resulta muy espectacular como apelación. De ahí que
sea el propio ensayo-conferencia, más que el suceso que lo provocó, el
mecanismo de apelación elegido por Thoreau. Pero Cavell recuerda que el
propio Thoreau admitía que el estado era capaz de tolerar impertérrito a sus
críticos y que sus vecinos estaban poco menos que dormidos.
De ahí la necesidad de la tercera función, la educación
cívica que se dirige a todos sus conciudadanos en tanto en cuanto prestan
su consentimiento a los actos del gobierno. Así, al publicar su relato,
Thoreau considera que cumple con su deber cívico en mayor medida que pagando
impuestos. Aquí Cavell pone la obra de Thoreau a la misma altura que el Leviatán
de Hobbes, el Segundo ensayo de
Locke y el Emilio de Rousseau. En
particular, Walden es un tratado de
educación política--de educación para la pertenencia a una comunidad--que
sitúa la autoridad en los ciudadanos y describe a los ciudadanos como
vecinos; paradójicamente, su enseñanza final es que la educación cívica es
una educación para la soledad, una conclusión que agradaría tanto a
Rousseau como a Nietzsche (Cavell 1981:86).
Ecología
de la desobediencia civil
Si hoy nos hacemos preguntas acerca de la desobediencia civil es porque
ésta ya forma parte de nuestro mundo. Como cualquier otro ser vivo, la
desobediencia civil ha nacido en determinado entorno, fuera del cual su vida
no hubiera sido posible. Ese habitat o ecosistema de la desobediencia civil no
es otro que la democracia liberal, un sistema político que pone el
consentimiento de los gobernados como fundamento de su legitimidad, y de ahí
que la táctica de la desobediencia civil consiste precisamente en movilizar a
la población para que retire ese consentimiento.
Hasta aquí hemos visto que la noche en la cárcel de Thoreau le
proporciona "una perspectiva más cercana" de su municipio natal: se
encuentra "justamente dentro de él" (§31). Esta nueva perspectiva
le concede una amarga revelación sobre el carácter de sus vecinos y de sus
instituciones. Pero la experiencia también le revela que la clase de
estado que habita no es tan temible, pues le trata como si fuera
"meramente carne, sangre y huesos que encerrar". Thoreau no se
siente confinado por un momento en prisión, pues "si bien había un muro
de piedra entre [él y sus] conciudadanos", "había otro aún más
difícil de subir o atravesar antes de que pudieran llegar a ser tan libres
como" él (§26). Sus vecinos no se dan cuenta de que lo verdaderamente
peligroso son las ideas de Thoreau, y esas ideas no pueden ser encerradas.
Ahora bien, para que esto ocurra han de cumplirse ciertos requisitos.
Si el estado de que hablamos es una democracia popular en la que no se
respetan los más básicos derechos humanos, los desobedientes desaparecerán
en las cárceles y "su influencia se perderá allí". De igual
manera, en una oligarquía liberal donde la opinión pública se fabrica de
acuerdo con los intereses de unos pocos poderosos, los desobedientes no
conseguirán transmitir sus reclamaciones a la población y "sus voces no
volverán a afligir los oídos del estado" (§22).
Ya
dijo Dostoievski que el grado de civilidad de un estado se mide en el modo
como trata a sus presos. Si el soberano no es civil, poca civilidad puede
esperar de sus súbditos. Por eso sólo en un sistema político altamente
civilizado (como lo sería una democracia liberal que cumpliese lo que retóricamente
afirma) puede la resistencia convertirse en desobediencia civil. Pues sólo en
una democracia liberal puede llevarse a cabo la apelación política para
comprobar con ciertas garantías de éxito "hasta qué punto la verdad es
más fuerte que el error, ni cuánto más elocuente y eficazmente puede
combatir la injusticia quien la ha experimentado un poco en su propia
persona" (§22).
Pero la desobediencia civil no sólo necesita un contexto de
libertades; es en sí misma un acto liberador. En un sentido literal, busca
liberar a aquellos que no poseen libertad: "el esclavo fugitivo, el
prisionero mejicano en libertad bajo palabra y el indio llegado para reparar
los daños infligidos a su raza" (§22). Pero la desobediencia civil no sólo
es una historia de liberación porque, de llegar a buen puerto, ciertas
personas salga de la cárcel. También tenemos que salir todos de la caverna,
y por eso la desobediencia civil es también una forma de educación pública.
Una
definición y algunas conclusiones
La obra de Thoreau, por supuesto, no es la de un teórico de la educación
o la de un filósofo académico; no surge como una contribución teórica a la
democracia liberal, pero se alimenta de sus doctrinas políticas. Juan Ignacio
Ugartemendia (1999) ha asociado la desobediencia civil de Thoreau con una
determinada "actitud desobediente" que responde más a la praxis que
a una construcción teórica o doctrinal. Se trata de una concepción en la
que el carácter civil de la desobediencia contra la injusticia reside en el
respeto a unos principios superiores de justicia. En ella, fines y medios
deben ser congruentes con estos principios, que se conciben como anteriores o
superiores al derecho y son identificables por cada conciencia humana.
Esta desobediencia civil tradicional (o, como dice Ugartemendia, esta
"actitud" desobediente) se caracteriza por la siguiente forma de
razonar: si bien no es correcto desobedecer una norma justa del poder público,
la desobediencia contra una norma injusta es un objetivo correcto e incluso
necesario desde el punto de vista ético; ahora bien, si en el objetivo de
luchar contra la injusticia no cabe otra actitud que la desobediencia, ésta
deberá realizarse necesariamente de una forma justa o "civil", esto
es, de forma abierta y noviolenta, aceptando voluntariamente el castigo, etc.
La
obra de Thoreau sigue siendo el paradigma más auténtico de la desobediencia
civil entendida no como una teoría, sino ante todo como una praxis, como una
actitud vital. Dentro de este paradigma o modelo, un
acto es de desobediencia civil cuando, motivado por convicciones de conciencia
o principios de justicia, implica el incumplimiento de un mandato del soberano
por parte del agente (aquí reside su "carácter desobediente"), así
como la aceptación responsable de sus consecuencias ("carácter
civil").
Esta
mínima definición presupone varias cosas: que existe un soberano que emite
mandatos; que el agente está obligado a obedecerlos por su condición de
ciudadano; que existe un orden jurídico que asigna consecuencias previsibles
al incumplimiento de los mandatos; que ese orden incluye unos principios de
justicia a los que el agente puede apelar; que el agente puede juzgar que
desobedecer civilmente es el curso de acción más razonable ante las
circunstancias, esto es, que el deber--que no derecho--de la desobediencia
civil puede admitir una justificación ética.
Quizá
la definición parezca demasiado general, pero tiene que serlo porque,
dependiendo del caso concreto en cuestión, el carácter desobediente y el carácter
civil pueden asumir diferentes especificaciones. Por ejemplo, en unos casos el
incumplimiento puede suponer claramente una infracción pública de la
legalidad y en otros el carácter ilegal o público estará más velado. Asímismo,
la aceptación responsable de las consecuencias de la desobediencia conllevará
cursos de acción diferentes según la situación.
En cualquier caso, esta definición permite considerar la actividad de
Thoreau y compañía como constitutiva de desobediencia civil. En efecto, para
Thoreau su acto está motivado por principios de justicia: es una "acción
basada en principios", esto es, basada en "la percepción y
realización de la justicia". La acción es de desobediencia porque
consiste en "rehusar lealtad a Massachusetts y negar su derecho a [la]
vida y propiedad [de sus súbditos]." La desobediencia es civil no sólo
porque es "apacible", sino porque acepta "las consecuencias de
la desobediencia para [...] propiedades y familias". A Thoreau le
"cuesta menos en todos los sentidos incurrir en el castigo por
desobediencia al estado, que llegar a obedecer." Finalmente, Thoreau
considera que su desobediencia civil está justificada éticamente porque,
caso de obedecer, se "sentiría de mucho menos valor". (1849a:§15,22,24)
Una cosa es clara: la desobediencia civil es una forma de participación política. Thoreau conmina al individuo para que deposite "todo [su] voto, no una mera tira de papel, sino toda [su] influencia." Y a las minorias, a que se interpongan "con todo su peso" (1849a:§22). La desobediencia civil denuncia una injusticia con la esperanza de modificar la deliberación y elección colectiva a partir de la premisa de que el estado no puede permitirse "mantener en prisión a todos los hombres justos" (1849a:76/28).
Además, Thoreau desea actuar "con sentido práctico y como
ciudadano" en contraste con los anarquistas (1849a:§3). Y lo hace con la
intención de servir al estado "con su conciencia" (1849a:§22),
como lo hacen esos pocos individuos fuertes que hacen cambiar "las cosas
y las relaciones" (1849a:§15). Ello conlleva casi necesariamente que el
estado le trate como a un enemigo, pero Thoreau no hace sino apelar a los
principios de la democracia liberal, llevando a la práctica la libertad que
el estado se supone debe proteger, tal y como escribe en un apunte del diario
inmediatamente posterior al encarcelamiento (24/7/1846).
En definitiva, la desobediencia civil es una forma de participación
política propia de las democracias liberales. En efecto, la expresión
aparece por primera vez en 1866 encabezando el ensayo escrito por Thoreau en
1849, y lo hace en lo que puede considerarse la democracia liberal más
poderosa del mundo. En la introducción al primer volumen de La
democracia en América, Tocqueville (1835:4, trad. cast.) expresa su
intuición básica: que "aquella misma democracia que reinaba en las
sociedades americanas avanzaba en Europa rápidamente hacia el poder."
Como veremos a continuación, también las expresiones de disenso en la
sociedad norteamericana han exportado su metodología al resto del mundo.
Los
herederos
M.
K. Gandhi hizo suya la afirmación thoroviana de que "bajo un gobierno
que encarcela injustamente a alguien, el lugar apropiado para un hombre justo
es también una cárcel" (Thoreau 1849a:§22). Aplicando esta idea a su
campaña de desobediencia en Africa del Sur, Gandhi aprendió de Thoreau a
utilizar el encarcelamiento como una forma de llamar la atención de la opinión
pública y apelar a su sentido de la justicia. A partir de la lectura de
Thoreau, Gandhi hizo del paso por la cárcel una parte más de la satyagraha,
una forma de vida que le llevó en varias ocasiones a ayunar hasta el límite
de sus fuerzas hasta conseguir que sus paisanos hindúes dejasen de matar
musulmanes y a la inversa.
De modo que la desobediencia civil según Gandhi busca inspirar a
observadores y oponentes un comportamiento más cívico y exige cierto
sacrificio. Más aún, en su autobiografía el Mahatma concluye que para estar
listo para la práctica de la desobediencia civil, uno ha de haber prestado
una obediencia respetuosa y voluntaria a la ley (Gandhi 1957:469-71). Sólo
entonces puede juzgar qué leyes son justas y cuáles no, se comprenden las
consecuencias últimas de la desobediencia y se adquiere el derecho de hacerlo
civilmente: a ciertas leyes bajo ciertas circunstancias. Gandhi coloca la raya
entre el resistente civil y el criminal en la aceptación del castigo; algo
que, desde luego, nunca es un trago fácil, pero sin lo cual no hay
desobediencia que pueda llamarse verdaderamente civil.
¿Cuál es la relación entre Thoreau y Gandhi? Ya que Gandhi se formó
en un ambiente intelectual occidental y aprovechó ideas de escritores
occidentales, quizá lo más sensato sea concluir que en su concepción de la satyagraha
confluyen tantas ideas de oriente como de occidente. Gandhi supo captar el
mensaje de Thoreau y enraizarlo en el rico suelo de las tradiciones indias
para así hacerlo más comprensible a su gente. (También es cierto que
Thoreau era un gran aficionado a la literatura oriental, de modo que no fue
difícil para un indio sintonizar con su obra.) Gandhi fue, en pocas palabras,
un excelente traductor, un hombre ecuménico al servicio de una causa; un
hombre que tomaba inspiración de aquí y de allá, sin demasiado rigor filológico,
pero con una pasión y una determinación insólitas. Pues Gandhi, como
Thoreau, no era de los que leen para entretenerse; si algo le convencía teóricamente,
lo llevaba a la práctica de inmediato.
No obstante, a Gandhi nunca le faltaron las críticas. En 1939, el filósofo
judío Martin Buber le dirigió una carta respondiendo a la invitación de éste
a los judios para que empleasen los métodos de la resistencia noviolenta
contra los nazis. Buber le preguntaba si era consciente de lo que significaba
un campo de exterminio, si podía compararse la discriminación racial en
Africa del Sur con el holocausto judío:
"Cabe
combatir la irracionalidad de ciertos seres humanos con una actitud efectiva
de noviolencia porque siempre queda un hálito de esperanza de que,
paulatinamente, entren en razón; pero uno no puede enfrentarse mansamente a
una diabólica apisonadora que lo barre todo a su paso. Hay ciertas
situaciones en las que del satyagraha
de la fuerza espiritual no emana un satyagraha
de la potencia de la verdad. La palabra 'martir' significa testigo, pero si no
existen hombres ¿quién va a dar testimonio?" (Buber, en
Rau 1970:150).
Y es que, como escribió Bertolt Brecht, no siempre podemos ser amables. Similar es la reflexión de George Orwell, quien reconoce la nobleza de la actitud de Gandhi pero la considera inhumana: la santidad--dice--es algo que también habría que evitar en beneficio de la humanidad. Por otro lado, Orwell reconoce la valentía de Gandhi y su honestidad, a diferencia de muchos pacifistas que simplemente eludían enfrentarse al problema del mal o de la injusticia. Pero Orwell cree que Gandhi no llegó a comprender la naturaleza del totalitarismo porque su experiencia negociadora se limitaba al gobierno británico; la suerte de la satyagraha en la Rusia de Stalin o la Alemania de Hitler hubiera sido bastante diferente. Con todo, Orwell afirma que ante la perspectiva de una guerra nuclear la noviolencia adquiere un nuevo valor, y reconoce no estar seguro de que Gandhi, como pensador político, estuviese equivocado ni de que, como hombre, fuese un fracaso (Orwell 1956:332-4).
Sin embargo, a estos ejemplos se pueden contraponer otros en sentido
contrario, como el de la resistencia danesa contra los nazis, que utilizó con
éxito tácticas de desobediencia civil y resistencia noviolenta (Randle
1994:67). En definitiva, la desobediencia
civil es y exige mucho más que una técnica política convencional,
pero ello no impide que pueda ser utilizada como tal en tradiciones
diferentes de la que la engendró ni que, en determinadas circunstancias,
consiga los objetivos deseados.
Por ejemplo, Martin Luther King--el lider de la lucha por la igualdad
racial en América hasta su asesinato en Memphis, Tennessee-- siempre manifestó
su preferencia por la acción noviolenta inspirada en Gandhi para lograr
importantes cambios sociales. Su obra más conocida es una carta desde la cárcel
de Birmingham City (1963) escrita como respuesta a aquellos que criticaban la
infracción deliberada y no violenta de leyes segregacionistas.
La cuestión básica de la carta es cómo King puede abogar por la
obediencia a algunas leyes al mismo tiempo que llama a desobedecer otras.
Su respuesta, que es la de Gandhi y también la de Thoreau, es que quien infringe una ley injusta por así dictarselo su conciencia y voluntariamente acepta la pena de prisión para despertar la conciencia de la comunidad acerca de su injusticia, está en realidad expresando el más alto respeto hacia el imperio de la ley, ese ideal que en las democracias liberales debería ser inseparable del principio de soberanía popular. Por supuesto, eso es lo que dice la teoría; pero gracias a la praxis de Thoreau y compañía hoy podemos afirmar, en palabras de Juan Ramón Capella (1993:219), que "formas de lucha como el pacifismo y la desobediencia civil noviolenta de Gandhi [...] han tenido éxito en el mundo contemporáneo tanto pobre como avanzado. Y, acaso más importante que el éxito, han obtenido reconocimiento y autoridad moral". Reconocimiento y autoridad que no son incuestionables, pero que no por ello dejan de ser mejor punto de partida que otros. Y que los días justifiquen a los días.
Antonio Casado da Rocha